I was involved in a project this December where, in order to simplify the code and due to some ill-conceived piece of code, it was required to pass some variables from PHP to JavaScript. On other projects you may need to pass arrays or localized text to your JavaScript, for example to show messages. Or to fill a dinamic interface.
There are multiple ways to pass data from PHP to JavaScript: populating hidden inputs or writing the JavaScript into the main page. But I wanted to have a more clean approach.
So, I subclassed a class I wrote some time ago as an utility for handling interface configurations to handle those JavaScript globals without having to worry about the problem in each project. As a result now I have a set of three classes to ease the coding of both configuration strings and JavaScript globals. In appearance very disparate problems, but that use the same basis: magic PHP methods.
Uno debería buscarse una afición lejos de los ordenadores. Pero siendo como es la herramienta ideal-de-la-muerte no queda otra que mezclarlo.
Ejemplo: un compañero de la asociación de treneros se va a un sitio donde hay muchos trenes de segunda mano muy baratos. El paraiso. ¿Qué se hace en esos casos? Se le pasa una lista de vagones que interesan. ¿En papel? ¡No! En una bonita aplicación para el iPod (éste buen hombre aún no está al día).
La forma más rápida de hacer dicha aplicación es, haciendo caso a Don Jobs, tirar de web. Al fin y al cabo son sólo cinco fichas con dos o tres fotos y un texto cada una. Una web sencillica, un único archivo HTML que, además, se puede guardar en el propio dispositivo. Lo que viene siendo navegación offline.
Aún sigue siendo el mantra de los vendedores de cancamusa: hay que estar bien posicionados en Google. O en cualquier buscador. Pero la tendencia, como las modas, varía. Cada vez más gente llega a su destino procedente de redes sociales y no desde un buscador.
Para grandes productos o marcas de las que podríamos llamar blancas (ej. adsl, portatil, ipod) sigue funcionando esa cosa blanca que todo el mundo piensa que es internet. La gente busca algo, más o menos concreto, y encuentra 10 resultados (independientemente de los miles que devuelva el buscador). Y ahí se queda.
Pero los usuarios ya no entran por google. Se conectan a su lector de tweeter, a su cuenta de tuenti o de farcebook. Cada vez más eso es, para ellos, Internet. Según un informe de una consultora inglesa, Hitwise, las visitas a redes sociales superaron a las visitas a los buscadores de toda la vida. Y según se observa en la gráfica, el número de visitas a redes sociales aumenta mes a mes, independientemente de que los buscadores suban o bajen.
Hace un tiempo escribí una especie de manuales para una empresa que vendía un supuesto producto a muy buen precio. Lo de supuesto sólo se entendería si se viese el código (a distancia y con gafas de protección) y se hubiese disfrutado del proceso de instalación en un nuevo cliente. El proceso de desarrollo en sí… digamos que no tenía proceso. El código se vomitaba sobre un editor y se machacaba con una bayeta sucia hasta que el navegador mostraba algo. Toda la empresa funcionaba, a partes iguales, gracias a grandes dosis de buenrollismo y un gran despliegue de cancamusa ante los clientes.
Engañado por vagas esperanzas de remuneración económica, intenté que entendiesen una serie de cosas sobre cómo debería funcionar la cosa. Obviedades todas ellas. Pero que parecen magia negra para los “expertos”.
Un viejo aforismo de informático dice: Un niño tarda nueve meses en nacer, independientemente del número de mujeres que se pongan a la tarea. O, en palabras del ínclito Dilbert: